En la decada de los noventa

El héroe del imperio, Huircok, ha regresado triunfante de su enfrentamiento con el rey demonio.
Ahora, debe lidiar con los atentados contra su vida y múltiples acusaciones en su contra. Es así que, mientras escapa de un atentado, es convocado, a través de ritos chamánicos, a un pa

Antesala

El sol se erguía sobre el valle altiplánico. Sus rayos bañaban a la naturaleza circundante: los verdes pastos, los amarillos ichus, sus pequeños árboles y las casas hechas de barro. Las nubes, tan blancas como la lana de un recién nacido, se movían en lentitud; el efecto de eternidad se aumentaba con el viento suave de la tarde. Cualquiera pensaría en conservar ese instante de tranquilidad y armonía.

Caminos de piedra, desgastados con el tiempo, se fundían con la fauna fúngica y la tierra circundante. Piedras de diferentes tamaños suplían a los límites de las viejas carreteras, nunca renovadas desde su construcción.

El polvo se levantaba ante el raudo pasar cada nuevo animal de carga o, en su lujo, algunas bicicletas de tosca manufactura.

Los tiempos eran duros, las sequías estaban a la vuelta de la esquina y, con ello, los impuestos también. Los medios para poder sobrevivir serían cada vez más extremos, además de las plagas recientes, como los conejos perdidos de algunas comarcas cercanas.

Con estas adversidades a la vuelta de la esquina, no era difícil morir por alguna enfermedad, la falta de medicamentos también se sumaba a ello. Medicamentos que, en la capital; ese centro paradisiaco de un lugar distantes, se encuentran en los tratamientos causales de la urbe. Consumidos como un elixir de eterna juventud, su distribución era imposible en estos parajes abandonados por la religión y custodiados por las creencias milenarias.

Podían soñar y quedarse con ello, la vida de os hombres criados en el campo solo abarcaba eso, nada más. Solo eso quedaría de ellos. Su intención de salir al exterior era nula, nadie quería mirar más allá de las montañas. La gente mala abundaba por ahí, cualquier color distinto al suyo era malo, cruel y despiadado. Burlones, como los duendes que señalan cuando viene un desastre o los ladridos de los perros en el alba. 

Un resentimiento se avecinaba, no solo de ellos, sino de todos los similares. Cualquier montaña se compone de rocas y sedimentos pequeños, solos no son nada, pero unidos representan un cambio innegable. Un dolor horrible para una nación se avecinaba a través del mismo lugar saliente del sol.

¿Alguien sería capaz de virar tanta violencia próxima?

Ahí, en un poblado pequeño; un individuo metafísico se expresaba ante los hombres. Una respuesta inesperada para cualquiera. Un desarrollo fantasioso para el continente del realismo mágico.

  • La gente pide esperanza, pero la esperanza es imparcial e ingenua—Su mano acomodaba el largo cabello blanco, casi dorado, que se desparramaba hasta sus hombros; se quitó la corona de oro, adornada con brillantes decoraciones, y la capa raída se infló con el viento que anunciaba su llegada. 

Su tamaño sorprendería a cualquiera, después de todo, a pesar de lucir joven era superior al adulto promedio.

La respiración de los presentes se entrecortaba; una sensación de vergüenza invadía sus miradas. Dudaban cruzar miradas con tal ser bañado por la fortuna y la sabiduría.

  • Sus pensamientos son guiados por el pasado y realizados por el odio—Su rostro vislumbrara el horizonte, sin acoger al gentío que lo rodeaba—. Solo es necesario mover sus emociones para que su nación caiga y reine el caso que tanto amaban en ignorancia —Su armadura, digna de un caballero de las leyendas, resplandecía cual diamante; aunque estaba dañada en mayor parte—. Solo es necesario susurrar palabras bonitas y me defenderán con sus cuerpos —Su piel era levemente blanca como una joya de jade, pero con cicatrices en el cuello y las manos—. Solo necesito vestirme como ellos y se conmoverán de mi vida —Su voz imperativa, imponía una presencia de gran calibre: Una existencia mística—. Solo necesito que sea otro humano y he ganado.

El gentío no sabía cómo responder a sus palabras. Ni siquiera sabían si, siquiera, eran dirigidas hacia ellos.

Naturalmente, se esperaba una alucinación por parte de los curanderos locales, una tontería más a los ojos científicos e ilustrados, un caso de locura colectiva como ocurría en algunas fiestas costumbristas. Empero, la aparición de una persona desconocida volcó todo el aburrimiento que suponía un ritual clásico; el discurso de un nuevo individuo, aparecido de una niebla brumosa, guio los pensamientos hacia una respuesta acomodada en la idiosincrasia andina: el resurgimiento del imperio. 

La mayoría de ellos no habían tenido más allá de una formación básica; algunos ni siquiera podían escribir su nombre.  Sus conocimientos se remontaban a valores y cuidados pasados; despreciados por el afuera general. Pero, frente a un ser salido de sus más antiguas concepciones de venganza, solo atinaron a postrarse con asentimiento, con gozo en sus corazones. Los relatos guarecidos entre generaciones inculcaron la sensación de naturalidad; sabían que esto pasaría tarde o temprano.

Las palabras entonadas sobrepasaron el idioma y se entendían con el corazón; el alma vibraba ante la comprensión de algo nuevo.

Los pocos individuos conscientes del milagro, sea que lo afrontasen o que lo agradecieran, consideraban diferentes acciones.

Una anciana, desgastada por el tiempo, habló en un idioma antiguo hacia el recién llegado.

Una joven, convencida del porvenir, esperaba su turno para dirigírsele y seguía de cerca a la mujer mayor.

Un capitalino, proveniente de las estepas de cemento, miraba con temor y estupor tal suceso. Él, a duras penas, comprendía el idioma de los lugareños. Sin embargo, las palabras de un foráneo eran impecables y entendibles. ¿Qué ocurría?

Solo estuvo en ese lugar por casualidad. Por una mera coincidencia. Ahora, absorto ante tal presencia; olvidó el respeto y orden dado por sus familiares.

  • ¿Quién eres? —preguntó con duda y temor. Su dedo señalaba al resplandeciente hombre

  • ¿Yo? —el bendecido por la naturaleza esbozó una sonrisa ante tal prerrogativa—Solo soy un rey sin corona.

La reunión entre el cielo y la tierra haría temblar este mundo. 

O solo, una pequeña parte de la realidad.


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